La estación de Lviv está llena hasta los topes. En la sala de espera, no hay un solo asiento libre. Entre los bancos, hay maletas y bolsas apiladas; es evidente que dejan muchas cosas atrás. La gente también está en el suelo, sentada o estirada, y por todas partes hay sacos de dormir y ladrones para cargar muchos móviles a la vez. El aire es denso: mucha gente lleva muchos días esperando un tren. En la sala de más allá, algunos hacen cola para pedir información y el resto permanece de pie con la mirada levantada hacia las pantallas. En una semana, han abandonado el país un millón de ucranianos. El próximo tren va a Uzhorod, en la frontera con Eslovaquia. El siguiente va hasta Odessa, dirección sudeste, junto al mar Negro ya ciento cincuenta kilómetros del frente que, por Crimea, ya ha llegado a Kherson, y que aspira a controlar toda salida al mar. Ya ha impactado algún misil en las cercanías de Odessa, y fragatas rusas se aproximan a las playas.

Estación de tren de Lviv (fotografía: Alfons Cabrera).

El tren va bastante vacío. Hay que ir con la persiana bajada y el compartimiento en penumbra; a medio camino, deja de haber luz. Trece horas después, el tren llega a Odessa. En el andén de la estación, hay poca gente (de momento) y de un altavoz suena ópera y lo llena todo. Ante las circunstancias, es aterrador.

Saliendo de la estación, hay algo para que los turistas se hagan fotos y que dice “I love Odessa”. En inglés y con el topónimo transliterado del ruso –en ucraniano, es con una sola essa. Odessa es una ciudad de mayoría rusófona. El ruso es también la primera lengua de Viktor, patriota ucraniano, que dice que muchos pro-rusos han cambiado de bando después de ver qué hacen en Kharkiv, Kiiv y Mariúpol y enseña una gráfica en el móvil que reforzaría este argumento. Trabaja en marketing digital y ahora apoya al ejército en comunicación: “Cada uno debe ayudar con lo que sabe hacer.” Cuando le suena el móvil, contesta diciendo “Slava Ukraini”.

Confinamiento nocturno en Odessa (fotografía: Alfons Cabrera).

Viktor –no es su nombre real– avanza lo que uno puede encontrar en Odessa estos días: “Hay que tener cuidado en el frente marítimo, es una zona estratégica, pero el resto de la ciudad es segura. Si te ven haciendo fotografías, te pedirán el pasaporte y ya está”, cosa que más tarde ocurrió, pero con kaláshnikovs de por medio y revisión del móvil incluida: fotografías, SMS y Telegram.

Más allá de las fuerzas armadas regulares, se han formado por todo el país milicias de voluntarios. «En Odessa, todos los miembros de las Defensas Territoriales se conocen entre sí y desconfían de los extraños.» La última semana han formado patrullas y check-points en muchos puntos del país, frecuentes y agresivos en las zonas donde existe un frente activo. Yendo hacia el hotel, un grupo de tres hombres vestidos de negro y con un brazalete amarillo en el brazo caminan chino-chano con una porra en la mano –cada uno con la suya– como si nada. Lo demás, todo normal.

La mirada de las mil yardas

El encargado del hotel también se llama Viktor –tampoco es su nombre real. En el hotel, ahora viven refugiados, él y sus trabajadores. “Cuando la guerra llegue a Odessa, no me iré. Es mi hotel y ahora vive gente.”

Otros lo disimulan mejor, pero a Viktor se le ve especialmente compungido, como si empezara a tener la mirada de las mil yardas antes de tiempo. “Yo soy ruso, mi familia lleva cinco generaciones en Ucrania. El gobierno ucraniano no ha hecho nada en ocho años para terminar la guerra. Pero eso no quita que Putin está loco.” Continúa: “Rusos y ucranianos somos pueblos hermanos, y no iré a la guerra a matar a un hermano.” Pero los rusos sí que le matarían a él: “Si no voy a la guerra, no.”

De la azotea estando señala el acceso al refugio antiaéreo más cerca, al patio de manzana. Hay otra una calle más allá, más grande y mejor, pero le desaconseja porque está en el sótano de un viejo cuartel militar y teme que pueda ser bombardeo. El hotel tampoco parece un sitio muy seguro, pero eso no dice nada.

Después de unos segundos en los que nadie habla y no se oye ningún vecino ni ningún coche ni nada, Viktor dice una frase como de película: “Es el silencio antes de la tormenta”, y con esto abre y cierra la crónica de una forma tan redonda como inverosímil.

Confinamiento nocturno en Odessa (fotografía: Alfons Cabrera).

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